Sabido es que las hinchadas del fútbol argentino le dan un color especial al espectáculo. Sabido es que la hinchada de Racing, particularmente, le pone mucha pasión, entrega, energía, fervor a su presencia en los estadios. Su aliento incondicional, su asistencia en masa a pesar de los resultados adversos a lo largo de los últimos años la han posicionado en un lugar de suma consideración en el imaginario colectivo de las hinchadas argentinas. El otro día lo volvió a demostrar cuando antes de empezar el segundo tiempo sus hinchas hicieron tronar sus gargantas para darle aliento a un equipo que perdía 2 a 0 y de milagro no estaba perdiendo por goleada. Sin embargo, el domingo pasado la idiotez pudo más.
Para recibir al equipo, la hinchada repartió un sinfín de cintas de papel que fueron arrojadas al campo cuando salieron los jugadores. El espectáculo visual fue impactante, conmovedor, digno de ser elogiado desde el punto de vista del color que acompaña al fútbol. Claro que el precio a pagar es demasiado alto. Por empezar, la cancha queda tapada de papeles y sacarlos demanda largos minutos que demoran sobremanera el inicio del partido, que en definitiva es lo que todos los presentes, y también los espectadores televisivos, quieren ver. Claro que la limpieza del campo de juego es parcial, ya que es imposible dejar el campo de juego exento de papeles en cinco minutos y más teniendo en cuenta que la lluvia de cintas siguió luego de que Racing ya había salido al campo de juego. En el segundo tiempo la situación se repitió y la reanudación del partido se demoró aún más que el primero. De todas maneras, lo peor vino después.
Luego del descuento de Racing, Independiente tuvo un córner. Cuando Mancuello se acercó para patear le llovieron infinidad de rollos y otros objetos, tantos que el jugador lógicamente se retiró ya que no podía realizar el tiro ante tantos proyectiles. La situación demoró el juego y enfrió el momento del partido en el que Racing se había envalentonado tras el gol de Ledesma. La situación se repitió varias veces, en todas se demoró el juego y el perjudicado fue Racing. Mientras al principio, la mayoría de la gente insultaba al árbitro o a los jugadores rivales o se quedaba en silencio, tras ver cómo se repetía la misma situación, buena partes del público comenzó a insultar a los idiotas que arrojaban rollos cerrados y otros objetos para poner punto final a la decadente situación que se repetía cada vez que Independiente tenía un córner a favor.
Aunque finalmente primó el sentido común, los idiotas de alto calibre dominaron la escena por largo rato y no se hicieron los protagonistas excluyentes sólo porque, al parecer, acertarle en un ojo a un jugador no es tan fácil como pudiera parecer. Y como no hubo heridos, nadie hizo mayores comentarios al respecto. A la estupidez de los que tiraban los rollos hay que agregarle la permisividad de los organismos de seguridad para dejar entrarlos y de la dirigencia de Racing que, una de dos, o no hizo nada para impedirlo o alentó la iniciativa.
Hace algunas fechas algo similar sucedió en Santa Fe, donde un chico de no más de 15 años le pegó con un proyectil a un jugador de Chacarita y festejó su logro. La idiotez no es patrimonio exclusivo de una hinchada, sino que es una característica que se puede encontrar en cualquier tribuna. El otro día pasó en Racing, que las tres veces que tiró rollos contra Independiente perdió: 2 a 0 en el Apertura 94 (Racing no perdía el clásico desde hacía 11 años), 2 a 1 en el Clausura 97 (lo definió Calderón sobre la hora; minutos antes Vilallonga erró un gol imposible) y el domingo pasado. Uno no cree en esas cosas pero los idiotas que le tiran rollos a los jugadores tal vez sí. Que alguien les avise de la estadística, tal vez así desistan de hacerlo la próxima vez.
Adriano: encerrado para no comer.
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